Eso le había dicho su padre antes de partir al Otro Mundo.
Ana quería seguirlo, entender por qué se había marchado y cómo reencontrarse con él. Por eso se había dedicado a leer todos los que habían caído en sus manos, sin discriminar ninguno por su portada o los materiales de que estaba hecho. Mas los años habían pasado y nunca la había encontrado.
Ahora leía por gusto y esa tarde lluviosa empezaría un libro nuevo de un autor desconocido. Lo abrió con el cariño de siempre y leyó el epígrafe como quien degusta un entrée:
«¿Qué fue primero: el libro o el lector?».
Sus ojos se abrieron y sonrió por primera vez: había encontrado la pregunta… y la respuesta.
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