"Rabia"
¡Los señores que van a tomar el ataúd, por aquí por favor!- convocó el empleado del cementerio a la voluntad del gentío. Todos los hombres de su vida –los mismos que encendieron la implosión de su cuerpo con desaires fulminantes- se descubrieron aferrados a cada una de las manijas del cajón. Los empezó a reptar una urdiembre de culpas hilvanadas sobre la mortaja. Debajo, imperceptible, el otro extremo del hilo rozó la comisura de su sonrisa helada que se hundía a golpes de tumba. El traqueteo abismal desprendió un músculo facial que cerró su última mordida… arrastrándoles.