Añoro el sabor del pollo con ajo y perejil que preparaba mi abuela cada domingo. Su aroma llenaba la casa mucho antes de sentarnos a la mesa. Quizás porque ella misma criaba el pollo en el corral. Prepararlo era un ritual, un arte ya casi olvidado. Y qué decir del pan recién horneado con el que lo acompañábamos. Allí aprendí que cocinar era cuidar con amor.
Hoy, intento repetir la receta. El sabor no se parece al suyo. Entonces comprendo que nunca hubo una receta. Solo quería que la acompañara.