Era verano, caminábamos embelesados, la noche clara, la orquesta de grillos, las gaviotas chismosas, como siempre cotorreando, el olor a romero y lavanda, nuestras caderas rosándose, nuestros corazones latiendo, y la hierba suave llamándonos, cuando, la luna, iluminando aquel campo verde se acomodó detrás de un pino joven, dispuesta a contemplar el espectáculo maravilloso que había propiciado:
¡Un hombre y una mujer amándose bajo su luz!
Mientras, las estrellas en el cielo se encargaban de ahuyentar cualquier amago de tristeza que pudiera aparecer en nuestras almas, unas almas, como tantas, hasta hace unos minutos, cansadas, adoloridas...
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