Ella, experta en mirar a varios sitios simultáneamente sin mover los ojos, advirtió que la novia, sentada en el extremo izquierdo de la mesa de banquetes, estaba a punto de arquear una ceja. Hoy te pillo, pensó mientras esbozaba una enigmática sonrisa.
Mientras, desde su posición, la novia se esforzaba por permanecer hierática. Sabía que no era una simple partida de chocolate inglés, que ya era algo personal, y que aunque había más de 130 personajes en su cuadro, Las Bodas de Caná, la Gioconda, que estaba enfrente, estaba obsesionada con ella y jamás le quitaría el ojo de encima.
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