¡A quién se le ocurre que tuvieran que ser justamente 100 palabras! A esa barbaridad se unía el hecho de la absoluta sequía mental a la que se enfrentaba. Ya tenía demasiado con haber quedado con su amor platónico y que, dos días antes, aquel grano despiadado, al que nadie había invitado a su cara, estuviese haciendo estragos como si de un flemón se tratase. Había buscado un reto literario con el que entretener su mente mientras apretaba el divieso con el puño con la esperanza de destruirlo, pero…, ¿qué acabaría peor, la cita, o el concurso literario? ¿O ambos?
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