Cuando Fabio encontró a Tango rígido junto a la verja, vio medio chorizo bajo el limonero. El vecino llevaba semanas amenazando con callar sus ladridos. Fabio enterró al perro sin denunciarlo. Después arregló la valla, podó el jardín y volvió a saludar cada mañana.
Dos décadas después invitó a Loli, la única hija del vecino, a probar un vino que acababa de embotellar. Ella aceptó sonriente.
La ambulancia llegó de madrugada. Mientras cubrían el cuerpo de Loli, Fabio en su jardín acarició el viejo collar de Tango y dejó sobre el muro medio chorizo.
—Ahora sí, ahora estamos en paz—
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