Cuando lo separaron de su madre, ella no gritó. Sabía que los gritos entretenían a los hombres que llevaban el látigo. Sólo le dijo:
—Si un día consiguen que olvides quién eres, habrán ganado incluso después de matarnos.
Él tenía siete años.
Décadas más tarde ya no recordaba su rostro. Ni el olor de su piel. Ni el sonido de su nombre. Sólo aquella frase, clavada donde no llegaba el hierro. Cada amanecer salía al campo con el cuerpo de un esclavo. Cada noche regresaba con la obstinación de un hombre que todavía se negaba a pertenecerle a nadie.
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