El cielo estaba despejado y el calor sofocante le hizo desvanecer. Estaba tendido en el asfalto ardiente y humeante. Trató de incorporarse rápidamente, pero al hacerlo, los edificios elevados de la calle Alcalá parecían desfigurarse y convertir se en rostros de un cuadro de Munch. Pese a languidecer, lo peor era lo que acababa de vivir dentro de esa jaula de cristal del piso 43, despido arbitrario, abrupto, sin previo aviso, tras treinta años de entrega incondicional. Cerró los ojos fuertemente. En estado de estivación. Deseó retroceder tres décadas. Tal vez así podría recuperar el tiempo perdido... Quizás, no lo sé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.