Siempre tan bella y hermosa. Todos los días me despierto, paseo por estos jardines señoriales y, cuando llega el momento de verla, no me atrevo siquiera a tocarla. Me bloqueo. «Así nunca vas a llegar a nada» pienso. Y tengo razón. Ya no puedo más. ¿De qué me sirve vivir así? Al margen de todas las ventajas que este trato me ofrezca, la necesito. No quiero una vida impuesta. Así que hoy decido dar el paso. En cuanto la tengo frente a mí, acerco mis labios y, con el primer mordisco, el cielo se abre y soy expulsada del paraíso.
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