Amarró con fuerza la goma de sus calzoncillos al palo de madera; la firmeza resultó inesperada. Sonrió satisfecho; ahora podría cazar pajarillos o alcanzar algún coco fresco. Su estómago gruñó.
El resto de la prenda, endurecida por la sal, le pareció ridícula sobre la roca. Recordó al vendedor prometiendo comodidad y tecnología de última generación en cada costura. «Demasiado para unos calzoncillos», murmuró.
Levantó la vista buscando un barco, un humo remoto. El horizonte ardía en azul. Sujetó el tirachinas, encajó una piedra, lo tensó despacio y apuntó al mar. Acertó a una ola. El mar le devolvió más piedras.
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