Nos hablaba de la luz. De la verdad que siempre nos guía, de la bondad que no busca recompensa alguna, de la fe que ilumina incluso en los días más nublados. Y nosotros escuchábamos como quien mira al sol: con infinito respeto y confianza.
Pero un día, demasiado cerca, vi algo distinto: pequeñas sombras en gestos brillantes, palabras que servían más al orgullo que a la verdad.
Entonces comprendí el eclipse. No es que la luz desaparezca; es que algo se interpone entre ella y nuestros ojos.
Desde entonces sigo buscando la luz, pero también aprendí a reconocer las sombras.
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