Las brujas de su familia heredaban maldiciones.
A unas, ver fantasmas. A otras, hablar con animales.
A Mara le tocó ser olvidada por quien más amara.
Su abuela lo llamó desgracia. Su madre, destino. Mara lo llamó Alex.
Un año fueron felices.
Después él olvidó su cumpleaños, su voz, el color de sus ojos.
Una mañana preguntó:
—Perdona, ¿nos conocemos?
Mara sonrió.
—No.
Alex se marchó. En el rellano se volvió.
—Es extraño. Siento que te he querido toda la vida.
Mara cerró la puerta.
Entonces comprendió la herencia: él tendría que olvidarla una vez. Ella, recordarlo todos los días.
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