«Los afectados por los incendios lo han perdido todo», dijo la televisión instalada provisionalmente en el pabellón, junto a los aseos. Tras el toque de queda, apagaron las luces y él se tumbó junto a su familia en el colchón asignado.
Sintiéndose el único despierto en el recinto, recordó su casa, acosada por las llamas. Escuchó la respiración de su hermana pequeña a su lado y entreabrió los ojos para observar a sus padres, dormidos, abrazados como hacía mucho que no lo estaban. Entonces pensó en aquellas palabras. Quizá los afectados eran otros. Ellos no. Ellos no habían perdido nada.
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