El abuelo Tomás conocía cada rincón de Torre Pacheco. Sabía cuándo la tierra pedía agua y cuándo el campo guardaba silencio.
Cada mañana caminaba hasta su huerto y cuidaba un pequeño naranjo que había plantado junto a la acequia.
—Algún día dará sombra a alguien que no me recuerde —decía sonriendo.
Pasaron los años y bajo aquel árbol se reunieron niños, vecinos y familias enteras.
Cuando preguntaban quién lo había plantado, todos respondían lo mismo:
—Tomás.
Porque algunas personas se marchan, pero dejan raíces que siguen creciendo en la tierra que amaron.
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