El país entero contenía la respiración, con millones de ojos puestos en las pantallas, corazones palpitando al unísono y nervios a flor de piel por la insoportable tensión.
Un unánime grito de júbilo rompió el silencio en cientos de plazas y hogares. Las lágrimas de felicidad brotaron de los ojos de miles de personas, y los abrazos, saltos de alegría y aplausos atronadores hicieron vibrar a todo el país: el momento exacto en el que bomberos y vecinos, cansados y con los rostros tiznados de hollín, conseguían sofocar el último y devastador foco de los incendios que arrasaban nuestros montes.
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