Es una asfixiante tarde de verano. Las chicharras suenan de fondo y los cuñados gritan de frente. —¡No me puedo creer a quién votaste!— estalla uno. —¡Eres un facha!—, añade. La respuesta no tarda: —¡Y tú un rojo comunista!—. La discusión sube de nivel, pasan de los gritos a los insultos y de ahí a las manos, defendiendo su ideología con ceguera. Lo que no saben es que la naturaleza no entiende de política; ahora mismo, las casas de ambos están ardiendo y ninguno de sus referentes piensa venir a apagar el fuego y menos, el de sus casas.
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