Hay un estante en la biblioteca que no está en el catálogo. Cada tarde vuelve a llenarse de libros devueltos por gente que ya no existe. La bibliotecaria los ordena despacio, con las dos manos. Dice que algunos guardan calor. Otros, una humedad rara, de lluvia o de recuerdo, nunca sabe decir cuál.
Ayer encontré el mío. No llevaba mi nombre. Llevaba mi infancia: mi madre llamándome desde la cocina, mi padre cerrando una puerta, despacio, como disculpándose.
Lo abrí de pie, sin sentarme.
En la última página, alguien había escrito: "No estás perdido". Solo llegaste tarde.
No lo devolví.
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