Los caminantes desfilaban en una procesión infinita, errantes por el mundo, surcaban altas planicies, cerros, bosques, ríos, puentes y urbes. A penas una mitad de siglo han cumplido de su condena, recorriendo los confines de las naciones, vislumbrando la plenitud de la obra del Altísimo. Nadie entraña conmiseración por ellos, a pesar, de percibir su única motivación.
—Que nadie sosiegue su marcha, que nadie tome su lugar.
Y es así, la maldición del caminante, si dejase de marchar, morirá.
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