Érase una vez un niño feliz que corría por la ciudad, pero que se paró a mirar. Podría haber seguido siendo libre corriendo, pero se paró a mirar.
Algo había cautivado su atención y ahora era prisionero de ella, por lo que ya no podía correr.
Ya no era libre, pero lo que vio, su captor, no fue otra cosa que su propia sonrisa, reflejada en un charco.
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