Llegó un aciago, viudo e impetuoso Simón a la ciudad de las luces en búsqueda de su amado maestro y alguna razón de vivir. Antes de su encuentro, se dirigió al Café Procope a tomar champán y comer trufas.
La desdicha actuó fatalmente cual imán y Ludwing se acercó al joven, interrumpiendo su despechado festín y preguntando el origen de su acento. Uno confesó su sordera, otro, sus deseos de morir. El venezolano lloró a María Teresa, el germano gemía por Josephine. Una invitación a Viena fue hecha.
La Quinta Sinfonía nunca nació y la Quinta República tampoco. Ave Caesar.
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