Descarrío en el túnel del tiempo
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Un anciano estaba lloraba en un banco. Detrás de sus gafas de pasta, sus ojos húmedos acababan de reconocer su alma gemela. Ella estaba allí, a unos escasos tres metros de él. Había sentido su proximidad, como se huele un perfume antes de ver. Su vello se erizó cuando vio sus ojos plantado en los suyos. Era ella. Aquel temblor en sus pestañas confirmaba que ella también lo había comprendido. Sentada en su silla, le gorgoteó algo incomprensible, algo entre la dicha y el llanto. Su madre empujó la silla y desapareció por siempre.
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