He aquí un monje olvidado en una torre que presto se asoma al jardín para asegurar lo que sus oídos saben. Bárbaros asedian sus puertas pues como él aflojar el cerrojo no pueden, y la angustia monacal cae sobre ellos y sus caballos mientras propugnan amenazas de muerte: libros, sillas, escabel y escritorio vuelan por la ventana desesperados. Camastro y vela restan cuando recobra la sapiencia el sabio, cesa la batahola y se presta a la serena contemplación. Al despertar una montaña de hombres yergue una cumbre a sus ojos que gozosos brillan descendiendo la colina hacia la libertad.
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