El viernes llovió y la ejecución fue pospuesta para el lunes. El pueblo se quejó, pero no había nada que hacer, el verdugo ya tenía previsto el fin de semana para viajar con su familia: la abuela venía enferma desde hacía meses.
El sábado salieron. A mitad de camino se toparon con un mensajero: "regresen, la anciana ya murió". La familia y el pueblo entero lloraron con la noticia, todos menos el verdugo. Se pensó que se trataba de un dolor contundente, sin lágrimas, y se adelantó la ejecución para distraer al verdugo de su duelo.
El domingo no llovió.
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