El ir y venir de los viajeros hacía que la fonda de la estación de Alcázar estuviera siempre repleta de gente procedentes de todos los rincones y se tomaran un descanso antes de partir hacia su destino. En esta sala muchas veces mi padre y yo nos sentábamos a tomarnos un café, mientras esperábamos el próximo tren que nos llevaría a Madrid. El anuncio por megafonía de la cercana llegada me seguía y me sigue produciendo una emoción interna, cada vez que voy de viaje, que quedaba reflejada en mí rostro con una sonrisa.
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