Todos y cada uno de los miembros del ecosistema se alzaron y elevaron sus copas rebosantes de confianza. El bonsai brindó por el sol; la oruga brindó por el bonsai; el pájaro brindó por la oruga; el zorro lo hizo por el pájaro; y el ser humano sonrió, clavó su mirada perversa sobre el cánido y brindó por él. Entonces, un zumbido quebró el silencio. «Larga vida al sol», anunció el mosquito mirando con deseo al poderoso humano.
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