Apenas llegó a palacio, cansado y andrajoso tras sus peripecias marinas, su fiel esposa le espetó:
-¡Menuda juerga con tus amigotes aqueos!
-No sé de qué me hablas, Penélope –repuso Ulises.
-Vaya –prosiguió ella con un mohín de disgusto-. Pues he encontrado varias tarjetas de clubs de alterne entre tus fardos. En fin, no me extraña que hayas tardado diez años en llegar a Ítaca desde que zarpaste de Troya.
El taimado Ulises, haciendo gala de la astucia que le caracterizaba, optó por zanjar el asunto con la frase:
-Querida, aunque no te lo creas, las apariencias engañan.
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