La ciudad despertó, lentamente, sus habitantes tardaron un poco más en bajar de la cama y
lo hicieron con la típica crisis de cerebro matutina. Todo parecía correctamente cotidiano y
habría sido un día más, de no ser por la voz de la palabra que los contuvo.
Dejaron que la palabra pasara al horizonte, que vistiera su piel de espuma y agua y su
falda de música y relente matinal que ascendió hasta el origen de los tiempos donde el sol
acaricia con sus besos rubios el resto de la nieve de las montañas.
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