Se recogió en la oquedad de la roca, entre algas oscuras, cuando el mar aún era tibio. Alumbró mil cuentas de cristal translúcido y decretó su propio ayuno. Cada día pesaba un poco menos. Los meses pasaron y su manto, antes bermellón, se fue apagando hasta la ceniza. Ahuyentaba a los cangrejos, oxigenaba cada cápsula con soplos rítmicos, contaba los días en mareas mientras sus ventosas perdían fuerza. Cuando por fin reventaron las primeras cápsulas, mil crías transparentes huyeron hacia la superficie sin mirar atrás. Flácida, descolorida, se dejó arrastrar por la corriente hasta donde antes ahuyentaba a los cangrejos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.