Dogma de fe
El anciano devoto llevaba cincuenta años custodiando la reliquia en el altar del templo. Nadie, ni siquiera los obispos, tenía permitido abrir aquel cofre de bronce sellado. Se decía que en su interior descansaba la prueba irrefutable de la verdad divina.
Aquella madrugada, sintiendo el aliento helado de la muerte rondar sobre su pecho, rompió el sello sagrado para contemplarla por primera y última vez.
Dentro solo había un pequeño espejo cóncavo y bastante desgastado.
Lo observó detenidamente en un silencio atroz.
Después devolvió la pesada tapa a su sitio.
Comprendió entonces, con pavor, por qué nadie debía abrirlo jamás.
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