Enma y Crisina tenían quince años.
Tenían limitado el acceso a internet, debido a la nueva ley que pretendía proteger a los menores de contenidos inadecuados.
Esa tarde, las dos estaban sentadas en un banco de la plaza.
El silencio entre ellas era denso hasta que el móvil vibró y ambas accedieron a internet, en la web de una clínica de salud.
Rellenaron con atención los datos del paciente sobre la no necesidad de autorización de los padres para menores de 15 años.
El tiempo de acceso corriendo.
Ambas se miraron, respiraron hondo y pulsaron, firmar la solicitud de aborto.
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