Todos en la corte habían sufrido alguno de los bruscos cambios de humor del rey. Podía nombrarte primer consejero al alba y acabar con tu libertad de movimiento al atardecer, si no andaba más cruel que caprichoso y optaba por algo peor. La vida transcurría entre discursos hilarantes y cruentas ejecuciones. El día en que el monarca despertó ordenando su propio encierro, sus súbditos cumplieron de forma inmediata el inesperado mandato. Más tarde, cuando, ya cautivo, ordenó ser liberado, una epidemia de sordera idiopática afectó a todos y cada uno de los guardias, porque… ¡nadie se atrevería nunca a desoírle!
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