Una tarde de tormenta fue construido. Con manos expertas, el veterano dobló los pliegues, para luego salir a la calle con su impermeable y sus botas de lluvia. Caminó por la calle principal cuesta arriba saltando charcos de agua. Y en cada salto sintió el ayer.
El barrio ha cambiado, como también lo ha hecho su rostro, y el papel.
Ahora está el viejo al final de la calle donde empieza el camino de tierra. ¡Ahí va el barquito de papel!
El viejo contempla el agua que corre calle abajo llevándoselo, y ella presenciará un cambió de generación. Quizás algún niño lo recoja cuando entre ripio y barro lo encuentre olvidado.
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