En cada anochecer, en el Planeta de las Hadas, soles aparecían espléndidos por cualesquier dirección hacia la que apuntara la brújula. Una de sus habitantes, apoyada sobre el tronco de un cerezo, vio a lo lejos cómo un niño se despedía, con extraña melancolía, de un grupo de princesas aladas. Luego se sabría que se hizo famoso por aparecer en cierto libro escrito por un francés.
El hada se paró, minutos después y fue a esconder una cajita de bronce debajo de la yerba mala. Creyó estar sola, pero alguien la vio: el pequeño visitante, quien posteriormente se llevó el objeto, con buena intención. Al día siguiente la caja cayó del cielo junto al mapa del Planeta de las Rosas.
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