Primero fue: «Niño, no cojas cosas del suelo». Guardaba en los bolsillos restos de naufragios, como un Cousteau de ciudad, pipas para comérselas luego y alguna materia pringosa en descomposición. Luego empezó a profesionalizarse: tatuajes, pegatinas, juguetes, un billete premiado con cinco euros. Eran las típicas bagatelas que no hacen daño a nadie y cambié de estrategia: «Niño, pide permiso». Cuando encontró a su madre, de la que no teníamos noticias desde aquella escueta nota, no me quedó más remedio que aceptarlo. El chico poseía un don. Dejé la ira a un lado para intentar perdonarla por huir de la monótona vida familiar. Aunque aún no lo he logrado, ahora le digo: «Niño, coge lo que valga la pena».
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