Hoy la anciana, que desayuna en el bar junto a mí, lloraba.
—Mire esta noticia del periódico: Un hombre mata a cuchilladas a su mujer — me ha leído.
Entonces le he preguntado, intrigada.
— ¿Acaso la conocía?
Al momento, me ha respondido agarrándome la mano convulsivamente:
—No, querida, pero imagino ¡tantos desprecios sufridos!...hasta que una noche, él la golpea en la cocina y ella se limita a reprimir las lágrimas con aparente normalidad. Desde entonces, la pobre no habrá podido salir del laberinto, siempre expuesta a la indignidad de la bestia.
Al alejarme del café, la anciana perturbada me ha gritado siguiéndome en plena calle:
— ¡Ojo! Quien mal anda, mal acaba.
Y he caminado hasta casa, inquieta por la certera advertencia.
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