Caminé bajo ese sombrero de sol que amarronó mi piel hasta que subí al tren de vagones color cielo y llegamos al cielo mismo.
El tren fue bordeando la montaña hasta que llegamos a San Antonio de los Cobres, justo donde la locomotora se empacó. Una coplera nos consoló con melodías quejumbrosas pero amables.
Después armó un contrapunto con otro coplero hasta que unos ómnibus llegaron para rescatar los pasajeros de vuelta a la ciudad.
El sol seguía quemando, pero nos resguardamos tras la sombra que proyectaba el tren.
¡Ah, qué bien se siente!
Instintivamente saqué las hojas de coca y me puse una en la boca.
El calor siguió ahí conmigo.
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