La vieja coge yesca y pedernal, y con la maestría que le dio el tiempo, enseguida enciende un alegre fueguito en su
cocina antediluviana. En una sartén, tan usada y renegrida como ella misma, vierte un buen chorro de oro verde en el
que fríe sendos huevos, rescatándolos con su querida espumadera de olmo centenario. Empuña dos chuscos de pan
para separar porciones de la brillante gelatina, que devora con el mismo placer de cuando era chica. Bebe luego un
trago de vino de su compañera parra, a la que iguala en años y surcos, y tras un suspiro y una sonrisa, se tumba en
el desvencijado camastro que la vio nacer, y se prepara para morir.
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