Cerré el bote estanco con todas mis fuerzas y me subí en la canoa, apoyé la pala contra el lecho pedregoso y me propulsé hacia delante. En seguida me sentí de nuevo a merced de la corriente, hice un leve giro para recuperar el control y entonces lo vi.
A unos tres metros de la orilla, apoyado sobre una roca eminentemente lisa. Abandonado, brillante, ausente. Ajeno a su incierto porvenir.
Rectifiqué el sentido de la marcha y empecé a remar a contracorriente con todas mis fuerzas. Fue inútil. Cada vez me alejaba más y más. Resignado, sucumbí ante lo inevitable.
Sólo quedaba completar el descenso, sortear los rápidos y mirar el paisaje.
Como si nada de aquello nunca hubiera existido.
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