viernes, 22 de enero de 2016

.jpg (ViBe)

Cerré el bote estanco con todas mis fuerzas y me subí en la canoa, apoyé la pala contra el lecho pedregoso y me propulsé hacia delante. En seguida me sentí de nuevo a merced de la corriente, hice un leve giro para recuperar el control y entonces lo vi.

A unos tres metros de la orilla, apoyado sobre una roca eminentemente lisa. Abandonado, brillante, ausente. Ajeno a su incierto porvenir.

Rectifiqué el sentido de la marcha y empecé a remar a contracorriente con todas mis fuerzas. Fue inútil. Cada vez me alejaba más y más. Resignado, sucumbí ante lo inevitable.

Sólo quedaba completar el descenso, sortear los rápidos y mirar el paisaje.

Como si nada de aquello nunca hubiera existido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.