Tiempos relativos
Saltó por la ventana el humor de la veintena. Quizás era noviembre cuando bajamos definitivamente las persianas. Mientras, las pelusas de rutina se amontonaban por nuestros rincones.
Un martes a las siete y dieciocho, mientras ablandaba una magdalena en el café, me dijo que había hablado con un abogado: Divorcio; lo pronunció con una pasión desconocida.
Después durante meses, repasé treinta años y dos hijos. El día que llegó la cédula de citación estaba en casa, en reposo por la operación de cataratas. Sarcásticamente coincidía la desaparición de toda clase de tinieblas.
En el juicio finalmente no apareció. Su ausencia la llené de humo en casa, en concreto de cuatrocientas veintiuna cajetillas de tabaco.
Yo y mi manía de contar las cosas. Contaros las cosas. Pero el tiempo antropófago devora mis recuerdos. No, no sé cómo te llamas. Y perdona, no sabía que me estaba repitiendo.
Candela
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