La habitación estaba fría. El miedo, la angustia y el placer se mezclaban en el aire. Una criatura se encontraba inmóvil, tenía los brazos atados y una mordaza en su boca para que sus quejidos no se escucharan. Se retorcía del dolor con cada nuevo ataque, no había descanso. El otro adoraba el poder y el control que tenía. En ese cuarto, diez minutos se sintieron como años.
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