La niña miraba las piedrecitas que había recogido esa mañana en la playa, mientras recordaba la sensación del sol posado sobre su menudo cuerpo y como se había reído persiguiendo a un cangrejo por la orilla, hasta que lo engulló una ola y desapareció. Experimentó de nuevo la emoción que le había inundado al ver por primera vez el mar, la magia al descubrir ese azul inabarcable.
Ahora, llegada la noche, mojada y aterida de frío, sintió cansancio. Sentada en el regazo de su madre podía percibir como esta temblaba de forma incontrolable y allí, en ese bote zarandeado por un viento incesante y rodeada de desconocidos, recordó al cangrejo, y sin saber muy bien por qué, empezó a llorar.
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