La noche se va, queda, vergonzante, hurtándonos su lujuriosa penumbra.
Se va porque envidia al Lucero, que con tanto fulgor le hiere… y le emociona el rumor tan bello de melodías que surgen entre huidizas aves revoloteando entre la noche y el día.
Le asusta el frío y la muerte que trae el pescador al llegar, y mucho más teme la aparición de esos seres que traen cada día tan crueles nuevas en papeles escritas. Por eso se va, dejándonos sin su elegante promiscuidad, sin tan poética lobreguez… cegados por el indomable Sol que cada mañana nos fascina.
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