Llevo un buen rato fumando, tumbado en el césped como un gato y hoy no viene nadie; tendré que olvidarme del sexo hasta mañana. Lo único que me estoy llevando es una buena dosis del humo que viene de la cercana carretera; auténtico veneno que escupen los coches de los chiflados que viven al otro lado. Me asomo a la valla infranqueable que me protege de los que siempre caminan con prisa y veo sus tristes rostros, tensos, mirando al infinito, quizás buscando en el horizonte mi propia felicidad. Definitivamente, no hay nada como la placentera cordura del manicomio.
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