Ya se las apañarían para pagar las facturas. Venderían pararrayos a señoras asustadas en noches oscuras de tormenta. Correrían en los parques por los padres vagos para volar las cometas de sus hijos. Sacarían brillo a zapatos de ciudad o les descolgarían naranjas a los árboles. Les habían contado que, en aquel lugar, el trabajo se cambiaba por monedas. Que con esas monedas se pagaban facturas. Que las facturas eran hojas de papel que pesaban muy poco pero aplastaban sueños.
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