Ella no tiene habilidad para recogerse el pelo. Por la ventana vigilo su lívido temblor de manos, el decoro culpable, la
excelsa pureza de quien sólo sabe maquillarse más allá de su propia mirada. Ella no tiene fuerzas para atravesar la
puerta. La veo limpiarse el dolor abrazada al estruendo de sus hijos que festejan su llegada. – ¡Mami, en clase
dibujamos a nuestra familia! ¡Mira qué lágrimas, de mayores felices, como dijiste! Ella sacrificó toda
pavesa de vida para no estar sola. Y ni siquiera sufre. Pero ella aún no sabe que, desde hace tiempo, yo estoy a
su lado.
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