El rosicler del ocaso pintaba el cielo. En la carretera asomó una de esas siluetas de toro indultadas. Una vez más me pregunté: «¿Hacia donde está mirando? ¿Hacia mi? ¿En sentido contrario?».
En el horizonte, tras la cabeza del astado, un rayo verde me proporcionó la respuesta tan buscada: ¡Estaba de espaldas! Cada tarde tenía puestas sus esperanzas en aquel instante, tal como yo las confío a fugaces momentos de mi vida. El sol le depositaba sus ilusiones en el crepúsculo, en ese destello efímero pero mágico. Y hacia allí dirigía su mirada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.