El Rubricón
Ildefonso Reguilón no se perdía ningún sepelio. Escondido entre la multitud de rostros afligidos, esbozaba un mohín apesadumbrado y aguardaba contrito. Luego, cuando llegaba su turno, se acercaba al obituario y estampaba su firma: una I alargada con rabo de nube y serifa a la que sucedía una R redondeada, lobulada, sinusoidal, rematado el conjunto con un subrayado rápido. ¡Qué hermosura de I! ¡Qué sensualidad de R! Ildefonso Reguilón siempre se detenía unos segundos ante la belleza de su rúbrica, jamás se quedaba al responso. Mitología garabateada, regresaba a su soledad, por siempre vivo en los libros de los muertos.
—Sonny Liston—
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.