La herida
El corazón palpitaba recio, el dolor profundo irritaba hasta la última entraña, los dientes rechinaban irritados, el ardor ingente electrificaba la dermis entera.
Pude haber culpado las gotas de limón que rociaron cándidas la llaga, pude culpar al cuchillo mordaz que laceró la piel previamente, pude culpar la distracción propia o al aleatorio sentido del viento… mas ¿Qué caso tendría echar culpas, cuando lo urgente era sanar la herida?
Presuroso me dispuse a enjuagar la piel. El agua fresca fue bálsamo inmediato al daño. De pronto lo entendí: también así sucede en la vida.
Autor: Mariposa en la piel
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