Primero vinieron por los roscos de anís, pero como no era un rosco no le di importancia y no salí a defenderlos. Luego a por los cereales, y se llevaron la caja entera, pero como yo no era un cereal, tampoco moví un ápice por ellos. Vivo siempre con la certidumbre de que pronto vendrán a por mí. Quizás me lo merezca por insolidaria. Aunque corre la leyenda urbana que dice que antes de devorarnos nos ahogan en leche hirviendo, prefiero seguir sin hacer nada, tan a gusto, dentro del paquete de las galletas en la estantería del súper.
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